jueves, 6 de abril de 2017

Hoy se ianugura la exposición CAJAS DE OJOS en el Café Pombo


Las cajas se iban acumulando en la estantería. Poco a poco eran tantas que empecé a subirlas a lo más alto del mueble del salón. Sabía que eran para algo, pero no tenía la claridad de saber bien para qué. Dejé que el tiempo corriese, como suelo hacer con todo lo que luego se convierte en proyecto. Intuyo o puedo intuir que va a haber algún resultado del guardar estas cajas. Pero no hay nada seguro, tal y como es la vida misma. Nos movemos por intuición y pensamos que quizás algo puede que pase. Pero en verdad, todo es duda, incertidumbre. No es de extrañar que al final, todo se levante y genere una fuerza con la que uno no contaba ni en la intuición. Las cajas superan el centenar y ya no caben en el mueble, a pesar de que las he ido colocando en dos filas, una ciega, porque no se ve. Me paso el día colocando y ordenando, los libros, las cajas, los botes. No es tanto el placer de colocar sino el modo de la colocación. Puede que sea por colores, por autor o idioma, por simpatía entre autores o bien por el título. Pero no se cierra jamás el modo en que pueden ir colocados. Con las cajas pasa lo mismo. Manet tiene que estar con Picasso y también con Degas. Rembrandt cerca de Velázquez y Tiziano. A Warhol le pongo a un paso de Matisse y a dos de Gauguin. Coloco las cajas unas junto a otras, a la misma distancia para que ninguna se sienta con ventaja respecto a las otras. Colocar, ordenar, me lleva a pensar en Andreas Gursky, creo que él también lo hacía. Esas fotografías de mostradores donde los objetos, cada uno en su sitio, nos catalogan el espacio. Que bien se lo pasa, que quebraderos de cabeza para dar con la colocación “perfecta” y cuánto tiempo se nos va en estos asuntos(...).

(...)Las cajas, con su contenido secreto. Las cajas, carísimas. Las cajas, encintadas e imprimadas, esperando a que los ojos de un pintor se posen sobre ellas.

144 cajas, 288 ojos... +LOS TUYOS

Ikella
(Un día antes de la exposición)

martes, 14 de marzo de 2017

Nueva publicación "El arte en la palabra"


“Veronés”
Terisio Pignatti. Filippo Pedrocco

Editorial Akal. Madrid, 1992.
350 páginas.

Un elemento típicamente veneciano los relaciona todos entre sí –el color-, al tiempo que los diferencia: melodioso y difuminado aparece en Giorgione, intenso en Tiziano, luminoso como los fuegos de artificio en Bassano, dramático y visionario en Tintoretto. El juicio de los contemporáneos aísla entre ellos un estilo particular, creado por Paolo Veronés, el príncipe de la paleta cinquecentesca.

Para los críticos como Vasari, la creación artística más bella será aquella sabe tomar lo mejor de las distintas “maneras”, de la clasicista a la moderna.

Lo que más nos sorprende es el color, que busca aquí los tímbricos acentos del contrapunto: rosa-azul, verde-amarillo, rojo-verde pálido.

Persiste por lo demás en estas primeras obras aquel colorido tímbrico compuesto de colores claros y acidulados (verde-rojo, blanco-amarillo, gris-rosa), que no se propone parecer natural sino decorativo y manierista. A menudo una pincelada de luz ilumina los perfiles de los pliegues, aligerándolos, casi como preparación de aquello que será la evolución final, la síntesis de color y luz, o mejor, como también se ha dicho, de dibujo en color.

Un dibujo manierista, con sus líneas enredadas y la pincelada quebrada, pero fluida.

Los típicos colores del artista: rosa salmón, verde malaquita, plateado y dorado, amarillo y turquesa, carmín y rojo anaranjado.

Sus colores se cuentan entre los más intensos, preciosos y brillantes usados nunca por la paleta veneciana: rojos que destacan sobre amarillos y turquesas, verdes que brillan sobre carmín, ocres sobre negros y violetas, siendo un punto de luz cada color.

Pero ante el modelo tizianesco, de clasicismo monumental, se contrapone la conmovedora simplicidad del último Paolo, simplificado, e incluso esquemático, en el dibujo y en la composición. Veronés quiere de este modo representar el sentimiento sin el intermedio de los recursos académicos, desdeñando casi la tradicional plasticidad  del dibujo, para hacer emerger el hecho, el color y la luz del ambiente, en una simultaneidad existencial de visión que capta el profundo sentimiento de las cosas.

Ikella

8-mar-17

jueves, 9 de marzo de 2017

Nueva publicación en La palabra pintada

“Escritos y opiniones sobre el arte”

Henri Matisse. Editorial Debate. Madrid, 1993.290 páginas.


Placidez en la plasticidad, son los dos términos que sin duda mejor se aplican a su tipo de genio. La obra nace de la pura confrontación de los colores. La cualidad expresiva de los colores se me impone de manera puramente instintiva.
 
Matisse toma de sus viajes el estímulo indispensable, pero no los temas de inspiración.

Un pintor no siempre ve todo lo  que ha puesto en su cuadro; son los otros quienes descubren uno a uno esos tesoros y cuanto más rica es una pintura en sorpresas de este tipo, en esos tesoros, más grande es su autor. De los detalles ya el pintor no tiene porque preocuparse. La fotografía está ahí para mostrar cien veces mejor y de manera mucho más rápida la multitud de detalles. La fotografía ha determinado muy claramente la diferencia entre la pintura como traducción de sentimientos y la pintura descriptiva. Esta última ha pasado a ser inútil.

Cuando se ha trabajado mucho tiempo en el mismo medio, resulta útil interrumpir en un momento dado el ritmo habitual con un viaje que hace que ciertas partes de nuestro cerebro descansen  y otras hasta entonces reprimidas por la voluntad, afluyan. Y además esta interrupción permite una vuelta atrás, y en consecuencia, un examen del tiempo pasado. Se emprende luego el camino con mucha más seguridad.

La libertad consiste en seguir el camino que las propias cualidades le inclinan a uno a tomar.

Las ventanas me han interesado siempre porque constituyen el paso entre el interior y el exterior.

Si no me equivoco, sólo la forma plástica tiene un valor verdadero, y siempre he considerado que una gran parte de la belleza de un cuadro proviene del combate que el artista entabla con su medio de expresión limitado. La importancia de un artista se mide por la cantidad de signos que haya introducido en el lenguaje plástico.

Señor Matisse, ¿Por qué pinta usted?: -Para traducir mis emociones, mis sentimientos y las reacciones de mi sensibilidad en términos de color y forma, algo que no pueden hacer ni la cámara fotográfica más perfeccionada, incluso en color, ni el cine.

Ikella

10-feb-2017